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Nayim tomó un balón suelto, se lo cambió de pie y lanzó una vaselina interminable desde la línea de banda, a casi 50 metros de la portería. La pelota describió una parábola y se fue colando en la portería de Seaman. Era el último minuto de la prórroga, el último minuto del partido, la última esperanza del fútbol antes de la gran mentira, cruel e injusta de los penalties. 10 de Mayo de 1995, el Real Zaragoza campeón de la Recopa en el Parque de los principes de Paris.
Eran las once menos cuarto de la noche cuando aquel balón de Nayim le dio al Zaragoza la primera Recopa de su historia, un balón que rompe maleficios y que acababa con el truculento pasado del fútbol español en el Parque de los príncipes de París.
Lo que llegó a continuación fue una borrachera abstemia de gritos, abrazos, besos, cánticos y homenajes. El banquillo salió corriendo al campo, los jugadores del Zaragoza se murieron de felicidad tirados sobre el césped, con gente vestida de traje y corbata llorando y salpicándolo todo. El fondo de los aficionados españoles se movía y gritaba. «campeones, campeones». «Este año, París es maño», «Nayim, Nayim» y miles de coros más. Mientras, los futbolistas del Arsenal se hundían en el campo, destrozados por un gol imposible.
Seguramente, la victoria del Zaragoza fue un premio al fútbol. La noche había dejado para siempre casi ciento veinte minutos de pasión en los que el equipo español había jugado y el inglés no.
La final respondió, por tanto, a los cánones establecidos. El Arsenal, muy bien colocado, sacó una primera media hora compacta, ordenada, controlada, manejada a su antojo. Fueron treinta minutos de experiencia frente a treinta minutos de novatada. El Zaragoza no veía el balón, lo perdía con mucha facilidad y malvivía al pairo de un rival maduro.
El Arsenal no creó peligro, pero sí sensación de poder. Jugaba bombeando balones, peleando cualquier momento del partido, entrando a matar y llevando la noche al terreno que más le gusta. Wrigth tiró un par de avisos y los «supportes» abrumaron el estadio.
Sin embargo, el Zaragoza tuvo paciencia. Poco a poco fue asumiendo lo que su entrenador le había enseñado. «Si tenemos la pelota, si jugamos como sabemos, el partido será nuestro». Entraron en escena Aragón, Higuera, Poyet y Nayim. Con ese argumento, el Arsenal iba a tener pocas posibilidades.
Cuando los ingleses se quisieron dar cuenta, el Zaragoza había abrazado el partido sin remedio. El centro del campo era suyo, y lo era a base de toques y juego de paredes. El equipo español apuntó cuatro o cinco ocasiones, asuntos que habían nacido del juego de equipo y de la imaginación.
En la segunda parte se incrementó el fútbol aseado del Zaragoza. Las cuñas de Belsué por la derecha y la implicación de Aragón, Nayim y Pardeza dieron al partido un nivel académico.
Para entonces, la noche había señalado algunos nombres imborrables: Aguado, que en la prórroga estrelló un balón en el poste, y Cáceres. Los centrales zaragocistas firmaron ayer uno de los mejores partidos de su vida. Abortaron los saltos de Wrigth y Hartson, se anticiparon a todos los balones y a todos los sustos que los balonazos del Arsenal metían en los cuerpos de casi veinte mil españoles. Su contundencia no desmereció la de sus colegas Adams y Linigham, dos futbolistas mastodónticos, de los que salen al campo con una venda en la cabeza.
El partido le daba a la afición aragonesa esperanzas. «Esta copica es pa la Pilarica», gritó la gente en el minuto 62. La invocación dio resultado. La Virgen maña se le apareció a Belsué debajo de la portería cuando Merson cabeceó un balón que iba dentro.
La siguiente aparición fue la de Esnaider. El argentino se puso al lado del balón y sin avisar a nadie lanzó un tiro con la izquierda que Seaman acompañó con la vista hasta el fondo. Una hora después se repetiría el jolgorio. Pero antes del triunfo definitivo, una jugada rápida del Arsenal fue culminada por Wrigth en un empate que sonó tremendamente en un lado del estadio. No parecía justo, pero el empate se convertía en una terrible realidad para el Zaragoza.
El resto del encuentro fue una angustia compartida. El empuje salvaje del Arsenal y las ocasiones perdidas del Zaragoza. Y al final de la prórroga sobrevino la tercera aparición. Nayim, un musulmán de Ceuta, que logró reunir ayer a su Dios y a la Pilarica y ponerles la misma camiseta.
Los jugadores mantuvieron la calma justa y solicitada mientras Lennar Johansson les entregaba la correspondiente medalla a cada jugado y la copa iba pasando de uno en uno. Los jugadores del Zaragoza miraban hacia todos los lados antes de subir a la tarima que la UEFA había instalado en menos de uno minuto frente al palco de honor. La plantilla tenía tantas ganas de subir como de ascender para correr hacia la esquina «Coupe Boulogne», habitual cobijo de los ultras del Paris Saint Germain y que ayer albergaba al grupo más ruidoso de los aficionados zaragocistas. Esnáider era un auténtico «loco enfurecido», Solana, agotado en los últimos minutos de la prórroga aceleraba sobre el césped de forma inexplicable; Aguado no tenía que marcar a nadie, pero cubrió el trofeo con las mismas ganas que a los delanteros ingleses; Nayim, «el héroe», parecía haber dejado de un lado su flema, incubada en Ceuta y tratada en Londres; Cedrún corría como un avestruz... Y Belsué agarró la copa y se subió al larguero de la portería del milagro, y acarició la parte por la que él creyó ver pasar el balón enviado por Nayim.
Durante más de una hora, los aficionados aragoneses permanecieron en el estadio, y pidieron al viejo Alfonso Solans, que, a sus 72 años, bajara desde el palco al césped y se pusiera a botar; y botó, poco eso sí. Los jugadores del Zaragoza se pasearon en su vuelta por delante de miles de aficionados ingleses, que aplaudieron. Ayer supieron perder los británicos, y por eso, los jugadores de Víctor Fernández les dedicaron un brindis.

ZARAGOZA 2 - ARSENAL 1
ZARAGOZA
Cedrún, Belsué, Aguado, Cáceres, Solana , Aragón, Nayim, Poyet, Higuera, Pardeza, Esnaider
Cambios: Sanjuán por Higuera (m. 48) y Geli por Sanjuán (m. 112)
ARSENAL
Seaman, Dixon, Linigham, Adams, Winterburn, Parlour, Schwarz, Keown, Merson, Hartson, Wrigth
Cambios: Hillier por Keown (m. 46), Morrow por Winterburn (m. 48)
Arbitro: Ceccarini (Italia)
Tarjeta amarilla: Hartson, Merson, Higuera, Belsue, Aragón.
Tarjeta roja: No hubo
Goles: 1-0: M. 68. Esnaider 1-1: M. 75. Hartson. 2-1: M. 120. Nayim


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Mis ídolos del Real Zaragoza

POYET - Gustavo Poyet Domínguez

28-06-2009

Buen jugador con un buen remate de cabeza y con una mira ofensiva espectacular.
Poyet nació en la capital de Uruguay, Montevideo, un 15 de noviembre de 1967. Inició su carrera en River Plate de Uruguay en 1986/87 y luego pasó al Grenoble, en la segunda división del fútbol francés (Ligue 2).

Después fue traspasado al Real Zaragoza, en 1990. Con Poyet en el cuadro maño, ganó la Copa del Rey, en 1994 y, un año después, la Recopa de Europa, en la final disputada en París al Arsenal FC. En total hizo 239 partidos en la escuadra española, anotando un saldo de 63 goles.

Posteriormente fichó por el Chelsea. Sin embargo, la primera temporada en el club londinense no la disputó debido a que sufrió una rotura de ligamento en una de sus rodillas. Aun así, también ganó el título de Recopa europea en 1998, junto con la Supercopa de Europa, con gol suyo disputada en Mónaco, ante el entonces ganador de la Liga de Campeones, el Real Madrid. En su segunda temporada como jugador blue, logró el tercer lugar en la FA Premier League, por detrás del Manchester United y del Arsenal. Después consiguió la FA Cup y la Supercopa de Inglaterra.

Después pasó por el otro equipo de Londres, el Tottenham Hotspur. Fue subcampeón de la Copa de Liga inglesa, en 2002, pero continuó jugando con regularidad: 82 partidos y 18 goles.

Acabó su carrera en el Swindon Town, donde no jugó ni un solo partido.


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